Vittorio De Sica
Del 9 de septiembre de 2026 al 29 de septiembre de 2026
VITTORIO DE SICA: DEL NEORREALISMO A LAS ESTRELLAS
Vittorio De Sica es conocido por ser uno de los grandes autores del neorrealismo italiano, movimiento que, justo después de la Segunda Guerra Mundial, buscó capturar el pobre contexto de la posguerra con autenticidad, rigor y contención. Tomando de ejemplo cierta tradición documental, habitualmente estos cineastas salen del estudio para rodar en la calle, con actores no profesionales y en situaciones que parecen sacadas directamente de la realidad.
De los grandes autores del neorrealismo, De Sica posiblemente sea el más formalista y el que más ata todo en guion, de la mano de su fiel colaborador Cesare Zavattini. Él entra siempre en los libretos, junto a otros escritores en la ecuación. Zavattini actúa como una suerte de redactor jefe, acompañado de De Sica y sus otros guionistas, en procesos que consisten sobre todo en compartir situaciones con personas en los lugares en los que van a rodar. De estas experiencias e intercambios surgen escenas dramatizadas y estructuradas por el equipo, a menudo interpretadas por esas mismas personas que han ido, de alguna manera, entrevistando. Este método permite obtener resultados auténticos.
Tanto El limpiabotas (1946) como El ladrón de bicicletas (1948), sus dos obras maestras de esta época, responden a este esquema. Sobre todo la segunda, con un alcance internacional como ninguna otra cinta del movimiento, tiene un impacto en cineastas de todo el mundo. El cine documental de los cincuenta con conciencia social, en todas las esquinas del mundo, no puede entenderse sin El ladrón de bicicletas. Lo mismo ocurre con ficciones de todas las nacionalidades; la huella de De Sica es indeleble e indiscutible en todas las esferas. Hasta la llegada de la Nouvelle Vague, no existe en el planeta otro movimiento cinematográfico, con él y Roberto Rossellini a la cabeza, que cause tal seísmo.
Conforme avanza la posguerra, también lo hace esta fórmula para evitar el estancamiento artístico. En Milagro en Milán (1951) De Sica prueba a introducir la fábula, el humor y el cuento en una situación de extrema pobreza. Así, consigue efectos satíricos donde antes solo existía una sacra aproximación, lógica tras la contienda bélica.
Umberto D. (1952) supone otro giro por la manera en que la perspectiva gira al mundo interior del protagonista. Es una cinta más autorreflexiva, de corte filosófico, cuando las primeras tenían un ataque más directo a la realidad. Supone su última gran incursión en el neorrealismo.
El cine italiano del momento estaba cambiando de manera irremediable. Ya salido de las peores consecuencias de la guerra, el país está sumido en un desarrollismo que demanda unos tiempos más felices. Ya no vende la crudeza. Los productores necesitan estrellas, y las marcas de publicidad que las mismas salgan en sus anuncios. Hay que producir iconos. Y el mercado no es solo nacional, el mismo espíritu se encuentra entre los demás países aliados bajo la esfera del plan Marshall. El público demanda otra cosa. Comienzan a aflorar las coproducciones internacionales con caras guapas y conocidas, en operaciones trasnacionales en las que mismo ni el idioma que los actores hablan importa, ya se hará doblaje.
Nace así un tipo de cine italiano-internacional, como a veces se ha descrito, en el que intérpretes galos como Alain Delon o Jean-Paul Belmondo desembarcan en Italia; en el que una actriz española como Lucía Bosé, o una sueca como Anita Ekberg, pueden tener una carrera en italiano. Y el contagio es también hacia el exterior. Marcelo Mastroianni se convierte en una estrella global con La dolce vita, de Federico Fellini, en 1960. En el mismo año, Claudia Cardinali impresiona en Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti. Y, quizás, el mayor éxito, por la visibilidad que ofrece ganar un Oscar, Dos mujeres, por la que Sophia Loren consigue el galardón. ¿El director? Vittorio De Sica.
Adaptado de una novela de Alberto Moravia, era este un proyecto caro de De Sica y en el que llevaba ya un tiempo trabajando. Inicialmente pensado para el lucimiento de la gran Anna Magnani, el realizador propuso adaptar la edad de la protagonista para ofrecerle el rol a Loren. Fue una jugada maestra. El productor que supo ver este potencial fue Carlo Ponti, quien junto con Dino De Laurentiis formó uno de los dúos más artísticos, lucrativos e internacionales de la historia del cine. Son los responsables de cintas como la comedia ganadora del Oscar Ayer, hoy y mañana (1963), del propio De Sica; la legendaria superproducción Doctor Zhivago (David Lean, 1965); o el icónico filme de culto Blow-Up (Michelangelo Antonioni, 1966).
En este nuevo esquema debe entenderse la carrera de Vittorio De Sica en los años sesenta y setenta, lo que no disminuye un ápice su excelencia artística y una capacidad de decisión ganada a través del prestigio acumulado. Dos buenos ejemplos son Boccaccio '70 (1962) y Matrimonio la la italiana (1964), en los que vuelve a colaborar con Sophia Loren. En el primero, filme ómnibus con cuatro directores al frente, pensado para mayor lucimiento de las grandes estrellas del momento, consigue llevar el encargo a su terreno con una fábula irónicamente erótica que hace un gran uso de la actriz. En el segundo, que la une a Mastroianni, adapta una pieza teatral que lo obsesionaba y funde a la intérprete con los decorados de Carlo Egidi, en una cinta de querencia meta que deja entrever el origen escénico del proyecto en sus decisiones estilísticas.
De Sica seguirá haciendo filmes hasta mediados de los setenta, con Zavattini aún en el guion y la Loren de estrella de manera muy habitual, moviéndose ya en estas dinámicas y alejado de sus iniciales aspiraciones neorrealistas. En ambas etapas de su carrera, dejó una huella profunda a nivel mundial. Uno de los autores italianos más relevantes de toda la historia del cine.
El limpiabotas
Ladrón de bicicletas
Milagro en Milán
Umberto D.
Dos mujeres
Boccaccio ’70