
Esenciales: Stanley Kubrick
Del 21 de enero de 2020 al 27 de febrero de 2020
Aprovechamos nuevas remasterizaciones digitales para proyectar una parte substancial de la filmografía de una figura legendaria en el imaginario de las artes del siglo XX, Stanley Kubrick (1928-1999). En los meses de enero y febrero podremos disfrutar de las proyecciones de Lolita (1962), 2001: una odisea del espacio (1968), La naranja mecánica (1971), Barry Lyndon (1975), El resplandor (1980), La chaqueta metálica (1987) y su título póstumo Eyes wide shut (1999).
El cineasta estadounidense representa, a través de un breve y exigente conjunto de filmes y pese a las complejidades del sistema industrial, el triunfo de la independencia, de la libertad creativa, del derecho al montaje final del director. Dueño de una filmografía, trece largometrajes, en la que cada pisada dada tendría, especialmente desde la década de los 60, indiscutible protagonismo, Kubrick sobresale a un tiempo como autor popular, prestigioso e influyente. Y lo hace por su pericia narrativa, formal; por su dominio del ritmo y de los personajes; por la elegancia visual; por la fina y erudita selección musical, capaz de normalizar para siempre a Ligeti o Bartok; por el rigor (“matemático”, como proclama Michel Ciment) y la investigación o el absoluto control de todas las partes del proceso de trabajo. Características todas que contribuyen a consagrar desde muy pronto a este autodidacta, ajedrecista, fotógrafo juvenil (revista Look) y lector compulsivo que viviría en los que consideraba los tres centros de la producción cinematográfica en inglés, Hollywood (segunda parte de los años 50), Nueva York (su ciudad natal) y Londres, donde se instalaría ad aeternum, estableciendo hogar y centro de operaciones a partir de Lolita.
La riqueza y variedad de la obra de Kubrick tiene plasmaciones muy concretas. Así, si Senderos de gloria (1957) aparece como epítome del cine antibelicista, Espartaco (1960), o la lucha de clases en la Roma imperial, adiestra a Kubrick en las jerarquías de estudio y en rodajes tan largos como sufridos. Sus filmes previos, en los que se ha fogueado cual hombre orquesta, han tenido bien una concepción artesanal, bien medios alejados de la gran producción. Atraco perfecto (1956) ya ha hecho ver el talento de su hacedor. Y las aportaciones sucesivas de Kubrick, ya sea a modo de travellings laterales suntuosos, singulares efectos sonoros, proezas con la steadycam o filmaciones a la luz de las velas, son trascendentes. Para Lolita, adaptación de la novela de Vladimir Nabokov, en palabras de Michael Herr, impone el tono lírico-erótico desde la secuencia de los créditos iniciales, mientras 2001: una odisea del espacio transforma la relación en la recepción del cine industrial, ofreciendo un trip audiovisual fijado en varias generaciones de cinéfilos, una experiencia donde la subversión del cine de género, el espíritu de vanguardia pero también de la ciencia, y su permanente capacidad de renovación tecnológica, penetran en medio de una década convulsa. Mundos distópicos con controversias sonadas (La naranja mecánica) y recreaciones de época con pulsiones coherentes (el siglo XVIII de Barry Lyndon) atraen a públicos disímiles, tal es el grado de acontecimiento social en el que se ha convertido su obra. En El resplandor, tal y como reflexionaba Domènec Font, Kubrick juega con los mecanismos y resortes del cine de terror abriendo las puertas del cine contemporáneo, de la posmodernidad fílmica. Y aún la revisión de Vietnam (La chaqueta metálica) ha de sumergir al espectador en otro universo dual y escéptico, que retrotrae a la paranoia y el costumbrismo delirante de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (1964). Y una buena muestra de cómo el arte de la ensoñación o las tendencias oníricas en la historia del cine pueden perfilar robustos relatos es el núcleo de Eyes Wide Shut, distanciada de la narración convencional hasta el extremo de poder sugerir un anacronismo nunca latente y una negrura sorteada a modo de luminosidad testamentaria puntuada por Shostakóvich.
El autor se apodera de los materiales literarios de partida que adapta -algo omnipresente en su obra- para darles nuevas formas y perspectivas. Kubrick tiene confianza absoluta en el lenguaje y en la puesta en escena literaria, de ahí la procedencia de sus proyectos. Del mismo modo que la disección de los (distintos) microcosmos de poder -no escapa, claro está, la familia- son rasgo esencial de su filmografía, Kubrick fabrica o nos traslada criaturas fílmicas, obsesivas, obstinadas, que siempre están sometidas a las circunstancias, o que directamente no disponen de los recursos o información para sobrepasar su situación y realizar sus objetivos/deseos. La comprensión hacia estos personajes se aleja de la presunta frialdad del realizador, un tema en sí mismo, dado que el propio análisis de su personalidad aparecerá dominado por un sinfín de leyendas. Por esta y otras muchas razones, el misterio Kubrick sigue vigorosamente vivo; su obra afortunadamente también.

Eyes Wide Shut

Lolita

2001: una odisea del espacio

La naranja mecánica

Barry Lyndon

El resplandor
