Hiroshi Shimizu – El arte de perderse
Del 5 de febrero de 2026 al 28 de febrero de 2026
Coorganizado con Fundación Japón, Madrid. Fotograma de portada: Japanese Girls at the Harbor (Minato no Nihon musume) ©1933 Shochiku Co., Ltd.
¿Quién era Hiroshi Shimizu? Uno de sus contemporáneos, Kenji Mizoguchi, dijo de él: “Yasujiro Ozu y yo logramos hacer buenas películas con mucho trabajo, pero Shimizu es un genio”. ¿Qué quería decir al llamarle genio? ¿Que hacía películas maravillosas? Probablemente. Pero quizás había algo más en esa palabra. Quizás se refería a un genio como los de los cuentos. Esos seres sin edad que todo lo pueden sin esfuerzo, que son ligeros y bromistas pero que al mismo tiempo conocen los secretos de la vida. ¿Qué películas podría hacer un genio así? Películas felices y melancólicas. Películas imprevisibles. Películas que, sin aparente esfuerzo, acaban tocando, de lleno, el corazón.
Hiroshi Shimizu nació en 1903, en Shizuoka, en una familia acomodada, hijo de unos padres que no se llevaban bien y vivían separados. Mal estudiante, abandonó pronto la universidad y pasó por varios trabajos, entre ellos proyeccionista, hasta entrar de ayudante en el estudio Shochiku. Durante un tiempo compartió piso con otros tres jóvenes ayudantes, entre ellos Yasujiro Ozu. Ozu recordaba que se repartían las tareas y que la de Shimizu era cocinar. Lo hacía bien, opinaba Ozu, a pesar de su manía de echar azúcar a las alubias.
Dirigió su primera película en 1924. Tenía veintiún años. Ese mismo año dirigió otras cinco. Desde entonces, y hasta 1959, rodó 160 películas, de las cuales, por desgracia, alrededor de dos tercios se han perdido. Shimizu formó parte de una generación que empezó en el mudo y que aprendió su oficio sobre la marcha. En el inicio de su carrera llegó a rodar hasta diez películas al año. Pulió su arte con la práctica, experimentando con nuevas formas de filmar y de narrar. La única película muda que se verá en el ciclo, Japanese Girls at the Harbor, nos muestra que una historia melodramática podía ser al mismo tiempo popular y vanguardista, prestar atención a sus personajes pero también a la forma.
Japanese Girls at the Harbor transcurre en Yokohama, ciudad portuaria. Comienza con planos documentales de la partida de un transatlántico. Al irse el barco, quedan abandonadas por el muelle, agitadas por la brisa, las guirnaldas que festejaban la partida. En el cine de Shimizu siempre están presentes la despedida y la separación, pero también detalles fugaces y hermosos como las guirnaldas, detalles en los que se siente soplar la brisa, el aire de la vida.
Las películas de Shimizu a menudo son historias de viajes. Viajes errantes por falta de hogar (Children of the Beehive, Notes of an Itinerant Performer), pero también viajes por trabajo y viajes de placer. Varias de ellas, como Ornamental Hairpin y The Masseurs and a Woman, transcurren en balnearios a los que se llega, a pie o en carruaje, por carreteras que transcurren sinuosas entre las montañas. A mediados de los años treinta, Shimizu empezó a abandonar, siempre que pudo, los rodajes en estudio, prefiriendo llevarse a sus equipos a las montañas. En aquella época esa decisión de rodar toda una película en exteriores era inusual. Shimizu, sin adscribirse a ninguna escuela, estaba inventando un nuevo realismo.
Sus películas a menudo tienen la ligereza de un cuento o de un esbozo. Shimizu decía: “nunca sé qué dirección voy a tomar, me pierdo y eso me divierte”. Le gustaba ir inventando sobre la marcha, a partir del lugar o de un encuentro casual. También había días en los que no sabía qué hacer: entonces no rodaban y todo el equipo se iba a nadar. Quizás a eso se refería Mizoguchi cuando decía que Ozu y él trabajaban duro pero Shimizu era un genio. Shimizu parecía no trabajar y, sin embargo, la belleza sucedía. Parafraseando a Picasso: no buscaba, encontraba. El arte de Shimizu era el arte de perderse para así encontrar lo inesperado.
Quizás sea la improvisación lo que hace que esas historias de montaña y de balnearios, el drama y los sentimientos avancen, a menudo, sin ser vistos, perdidos entre las elipsis y un ligero humor cotidiano. Sin embargo, entre esos juegos y rutinas, entre esos baños en el río, esos masajes y esas cenas, los días van pasando hasta que, en las últimas secuencias, emerge un sabor inesperado, una emoción difícil de nombrar, una historia que transcurría en silencio.
Esa capacidad para inventar sobre la marcha y para adaptarse a lo que se encuentra en el camino, ¿no es también la que tienen los niños cuando juegan? Es probable que Shimizu sea, precisamente, el cineasta que más constantemente haya filmado la infancia. Cuentan que su técnica para dirigir a los niños consistía en jugar con ellos, como un niño más. En una ocasión dijo: “No es difícil hacer actuar a los niños de forma natural. Si se le pide a los niños que hagan las cosas como lo desean los adultos, será difícil, pero si se les deja libres de expresarse a su manera, sin que nadie les dé indicaciones, su interpretación será natural. En la interpretación de un adulto, hay mentira. En la de un niño, no. Es tan natural como el respirar. Y en una película hacen falta personas que actúen como respiran”.
Varias de las películas de Shimizu sobre la infancia, entre ellas Introspection Tower y The Shiinomi School, son, además, películas sobre la educación. Películas que dejan un sabor extraño, lúcidas sobre lo ambivalente que es la normalización de los niños. Películas conscientes de lo que se puede perder por el camino de la educación pero que, al mismo tiempo, la saben necesaria. Películas sobre profesores que no lo saben todo y que a veces se equivocan. Es una educación de ida y vuelta. Los niños aprenden de los adultos y los adultos aprenden de los niños. Es un trabajo que, como dice Chisu Ryu en Introspection Tower, no acabará nunca, ni en esta vida ni quizás en la próxima.
La infancia que filma Shimizu es a menudo hermosa, pero rara vez idílica: niños separados de sus padres, niños en reformatorios, niños afectados por la polio... En Forget Love for Now, a un niño lo discriminan otros niños porque su madre trabaja en un club nocturno. Se trata, probablemente, de la película más desesperanzada del ciclo. Su mundo es un mundo cerrado. Aun siendo una película portuaria, como Japanese Girls at the Harbor, parece imposible tomar un barco y alejarse en busca de una nueva vida. En el corazón de esa trampa social, el sufrimiento de un niño da la medida abrumadora de la impotencia y de la injusticia.
Shimizu, en su cine, pero también fuera de él, no se resignó a esa impotencia. Tras la Segunda Guerra Mundial, fundó en las montañas de Atami un orfanato, ‘La Colmena’, para huérfanos de guerra y los adoptó. Además, rodó con ellos varias películas. La primera, Children of the Beehive, es una de esas obras únicas que parecen reinventar el cine. Cuenta las andanzas de un antiguo soldado y de unos niños errantes por los caminos y las ruinas de la posguerra. Es una película filmada en decorados naturales, entre ellos un cementerio de Hiroshima, en la que todo el equipo, salvo Shimizu, el director de fotografía y el ayudante de dirección, eran amateurs. La luz brilla con una inmediatez bruta, documental y, al mismo tiempo, el relato, que parece avanzar libre y azaroso, nos desgarra.
El cine japonés de la época era un cine producido por grandes estudios. Con Children of the Beehive, Shimizu se salió de ese sistema. Para producir la película creó su propia compañía independiente, ‘Las películas de la colmena’. Desde entonces alternó los encargos de los estudios con otros proyectos independientes. Una de las películas de esa época, Ohara Shōsuke, insinúa un posible autorretrato, melancólicamente satírico. Es la historia de un terrateniente a quien le gusta beber y ayudar a los demás. Un personaje que huye de los cobradores de deudas yéndose en su borrico a jugar al béisbol con los niños del pueblo y que se va arruinando en un mundo que cambia pero en el que, por el camino, como Shimizu, encuentra su libertad.
Shimizu rodó su última película en 1959. Por problemas cardíacos, no volvió a dirigir. En la madrugada del 23 de junio de 1966 falleció por un infarto. Estaba leyendo una revista que quedó abierta. ¿De qué trataba el artículo de esa página? De apicultores viajando al norte, en busca de abejas.
Texto por Pablo García Canga.
Japanese Girls at the Harbor
Forget Love for Now
The Masseurs and a Woman
Introspection Tower
Notes of an Itinerant Performer
Ornamental Hairpin
Mr. Shosuke Ohara
The Shiinomi School