Kleber Mendonça Filho
Del 19 de mayo de 2026 al 30 de mayo de 2026
Si se da por bueno el argumento a menudo repetido de que el mejor arte es aquel que aspira a tocar sentimientos universales desde lo personal y lo local, entonces el realizador brasileño Kleber Mendonça Filho es un genio del séptimo arte. Con múltiples cortometrajes en su trayectoria y seis largos en su haber –cuatro de ficción, dos documentales–, el realizador se ha convertido en una estrella global del cine con títulos como el reciente O Agente Secreto (2025), que compitió este año por el Oscar tras haber ganado en Cannes los premios de dirección y actor, colocándose como una de las cintas fundamentales de esta temporada. Jugando de manera muy lúdica con el thriller policial y político y adentrándose en otros géneros de naturaleza más fantástica, la película realiza un fresco e innovador ejercicio de memoria histórica en torno a los represaliados por la dictadura militar, con el carnaval de Recife como febril telón de fondo. La ciudad, como en prácticamente la totalidad de la obra de Mendonça Filho, es retratada con una mezcla de cariño, nostalgia, conciencia crítica, atención etnográfica y rigor urbanístico. En este sentido, O Agente Secreto lo consagra como el gran cineasta de Recife, uno que desde un localismo exagerado ataca los temas más importantes de nuestro tiempo presente.
Formado como periodista y crítico de cine durante sus primeros años de carrera –experiencia que recoge en Crítico (2008)–, comenzó combinando la escritura con la realización de pequeñas piezas independientes de escasos recursos y mucha imaginación. Como explica en su documental confesional Retratos Fantasmas (2023), hizo ya docenas de piezas en vídeo desde la adolescencia en el apartamento de su madre en el barrio de Setúbal, pero una de las primeras profesionales que tuvo un impacto en festivales fue Vinil Verde (2004), filme que mucho tiene que ver en realidad con el mismo espíritu que opera aún en O Agente Secreto. Partiendo de una fábula rusa titulada ‘Guantes verdes’, Mendonça cuenta la historia de una joven que recibe por regalo de su madre una misteriosa colección de vinilos, con la única condición de que no ponga uno de color verde. Por supuesto, la curiosidad mata al gato, a partir de lo cual comienzan a suceder cosas extrañas y nada agradables para su progenitora.
Se da un extrañamiento en este corto que viene derivado no solo por lo que acontece fuera de campo y por el sentimiento de estar ante un filme fantástico que tiene algo de alegoría política. La cuestión formal también juega un papel esencial, pues estamos hablando de un filme hecho exclusivamente con fotografías tiradas por el propio director en su predio y con sus vecinos. Es en la construcción sonora y en un montaje ágil, pero reflexivo, donde se le ofrece al espectador la posibilidad de ocupar esos huecos incómodos que deja la ficción. ¿Qué sucede exactamente más allá del espacio de seguridad doméstica en el que vive la chica? ¿A qué suerte de violencias está sometida la madre? Como O Agente Secreto, esta especie de homenaje a La jetée (Chris Marker, 1962) acaba por convertirse en un filme de terror, uno en el que a una niña ni le dejan poner música alegre, donde la disidencia ante lo establecido, impuesto sin explicaciones, tiene un alto precio a pagar. La frase con la que cierra este tenebroso cuento no podría ser más elocuente: “Más tarde ella tuvo hijos, a los que dio todo su amor y legó todos sus miedos y sus más profundas aflicciones”. Estos miedos que se transmiten de padres a hijos son constante en la obra de Mendonça, definidos a menudo como mecanismos de mantenimiento de un estatus quo imbricado en la sociedad brasileña y que resulta difícil de cambiar.
Ya de adulto, muchas veces debe haber pensado en el tipo de vida que podía llevar una madre soltera, que los crió a él y su hermano durante los peores años de la conservadora dictadura militar. El domicilio familiar vuelve a ser protagonista en Eletrodoméstica (2005), un filme que habría hecho las delicias de Andy Warhol –con cita directa incluida a sus cajas de detergente Brillo– por el ensalzamiento que realiza de la cultura pop. Revistas, pósteres, media docena de mandos para encender la TV, el vídeo y otros dispositivos electrónicos, coloridos elementos de limpieza o decoración y un mimo por los juguetes dispersados por el suelo de manera caótica. Todo esto compone un microcosmos editado como si se fuera a producir un choque de trenes. Mendonça como ese niño Steven Spielberg que componía toda una escena de acción con dos vagones de plástico. Mientras los chicos están encerrados en este mundo de alegría encapsulada, el mundo exterior ocurre sin que le presten atención. La madre sí lo hace, la conciencia de que hay algo más allá de las ventanas de su casa, pero inalcanzable, despierta en ella un mayor deseo de libertad, que se expresa en la cópula sexual con diversos electrodomésticos a mano, con efectos tan cómicos como desconcertantes. El piso, espacio seguro y jaula, según cambie la perspectiva y la conciencia de quien mira.
Poco a poco, la mirada de Mendonça sale del universo familiar a la calle. Noite de Sexta, Manhã de Sábado (2007) cuenta la relación entre un hombre y una mujer separados por miles de kilómetros de distancia. En concreto, él está en Recife, ella en Kiev; para él la noche está finalizando y ya se acerca la aurora, para ella es tarde y hay plena luz en las calles. El corto parece casi una excusa para realizar dos retratos urbanos con la incomunicación como base. Los problemas técnicos no dejan de aparecer, la conversación telefónica se corta y no acaban por decirse lo que quieren, pero no importa, la esencia es estar ahí para el otro, la expresión de una saudade profunda. Los planos son rápidos, en movimiento, con cortes fugaces; comunican un palpitar acelerado propio del deseo frustrado. Lenguas y ciudades en contraste, noche y día. Melodía urbana a manera de jam session, todo eso es Noite de Sexta, Manhã de Sábado, uno de los filmes más melancólicos de su autor.
Esa mezcla entre lo melodramático y lo lúdico es marca de la casa, pero nunca antes había hecho Mendonça una pieza tan divertida como Recife Frio (2009). Falso documental de ciencia-ficción que imagina un futuro en el que Recife ha dejado de ser tropical, tiene bajas temperaturas y llueve durante meses; la cinta es en el fondo una aterradora fábula sociopolítica sobre el tiempo presente que, partiendo del cambio climático, acaba por hacer un retrato mucho más profundizo de su ciudad. Los cambios urbanísticos desaforados, motivados por la especulación y con nulo respeto al patrimonio arquitectónico o natural han derivado en una ciudad mucho más deshumanizada, con calles vacías y centros comerciales llenos; y con riadas de agua descontroladas hacia lugares que antes no tenían esas problemáticas. Casualmente, barrios pobres.
Mendonça entrevista a personas de todos los estratos sociales y retrata sin filtros calles y viviendas de toda índole; como años más tarde haría en otro corto documental, éste de corte más ensayístico, centrado en el impacto del mundial de fútbol en su ciudad: A Copa do Mundo no Recife (2014). Estos registros alcanzan un nivel de maestría y precisión muy destacables en Retratos Fantasmas, largo documental construido a partir de los recuerdos de filmaciones y vivencias en su casa familiar y sobre su relación con las salas de cine del casco urbano, casi todas desaparecidas ya. La única que queda en pie, ahora sala municipal con una línea de “arte y ensayo”, es el Cinema São Luiz, que juega un papel relevante en O Agente Secreto y del que Mendonça rescata una vieja relación, el último proyeccionista de una sala próxima en la que había trabajado, originalmente concebida como teatro para la UFA nazi en los años treinta. Así se explica tanto la participación de Carlos Francisco para interpretar a este viejo amigo, Don Alexandre –con el que el realizador ya había hecho un corto en 1992, su primera experiencia cinematográfica–, suegro del protagonista en la ficción; como la presencia de Udo Kier como Hans, un hombre de origen alemán sobre el que circulan leyendas varias sobre su implicación con el nazismo. Los paralelismos entre vida personal, acervo local y ficción histórica son evidentes entre las cintas Retratos Fantasmas y O Agente Secreto, sin duda sus dos largos más personales y logrados.
Pero no llega Mendonça hasta aquí por arte de magia. Hemos querido detenernos más en estos trabajos por el mayor e injusto desconocimiento que reina sobre ellos, pero lo cierto es que el director brasileño es toda una institución desde que en 2012 irrumpiese con su primer largo de ficción O Som Arredor. Rodado en el edificio de apartamentos de Setúbal ya mencionado y en sus aledaños, la cinta se centraba en una familia y en los guardias de seguridad de las cercanías. Temáticamente, la transformación urbana por un modelo de casas bajas a otro de grandes bloques y un progresivo sentimiento forzado por las élites políticas de inseguridad convertían el relato en algo universal, muy reconocible en cualquier ciudad latinoamericana. Sin embargo, era el apartado formal lo que hacía resaltar la propuesta. Filmada con un enorme sentido de la composición por Pedro Sotero –era la primera vez que Mendonça no filmaba él mismo, y Sotero se ha convertido desde entonces en firme colaborador–, la cinta combinaba grandes espacios con rincones domésticos para trasladar una suerte de asfixia y desconcierto ante el cambio. El fuera de campo era tan importante como la imagen, con un diseño de sonido obra del propio Mendonça Filho que expandía la experiencia espacial. Durante años, había ido registrando sonidos del barrio, lo que le permitió jugar con un ingente archivo sonoro y añadir capas a voluntad para dotar de una mayor profundidad a este relato: historia íntima de una familia, retrato de las transformaciones urbanas de Latinoamérica en su conjunto.
La especulación inmobiliaria vuelve a estar en el centro de Aquarius (2016), estrenada ya en Cannes, festival fetiche del autor desde ese momento. Con una magnífica Sônia Braga de protagonista, es la primera vez que el autor hace un filme de época con una sólida reconstrucción, volviendo a 1979 en una primera parte del filme, en la que se describe la vida familiar de la protagonista; una mujer burguesa que vive en un pequeño bloque de edificios de los años cuarenta. Una enorme elipsis nos sitúa en el tiempo actual, cuando siente presiones para ser desalojada de la vivienda, pues es la única residente de un lugar tocado por la expansión desaforada del turismo.
La cinta no gustó a la derecha en el país y en la presentación en Cannes Mendonça y su equipo protestaron con la pancarta “Brasil ya no es una democracia” contra el juicio a Dilma Rousseff, por el que la presidenta acabaría siendo destituida. Desde el Ministerio de Cultura, ya con el cambio de gobierno, torpedearon su candidatura a los Oscar, a pesar de la magnífica recepción crítica y de público que ásta había obtenido y de contar con claras posibilidades de hacer buena carrera. Lo mismo pasó con Bacurau (2019), una especie de tropical western que bebe de diversos géneros populares y que se leyó como una crítica frontal al compadreo de Jair Bolsonaro con el entonces presidente de Estados Unidos Donald Trump, en su primer mandato. La cinta presenta un inverosímil escenario en el que un “grupo salvaje” de yanquis sin escrúpulos van a robar los recursos de una pequeña comunidad rural. En tono y estilo tampoco hace prisioneros esta singular y macabra película. La cinta dividió como ninguna otra, pero con los años se está asentando como objeto de culto y con el devenir actual del mundo, parece hoy menos inverosímil.