Iván Castiñeiras, el cine transfronterizo
Del 8 de enero de 2026 al 10 de enero de 2026
En 2012 Iván Castiñeiras irrumpía con su cortometraje A Raia, que causó una pequeña sensación en el circuito festivalero. Esta pieza de media hora de duración destacaba por diferentes elementos, particularmente por la belleza de unas imágenes rodadas en 16mm que contaban con una textura táctil, artesanal, cálida; acariciando rostros y herramientas de trabajo. Era ese cariño en la mirada, más allá del gozo estético, lo que convertía el film de Castiñeiras en singular. Un espacio en el que quedarse a habitar, el de un rural en proceso de abandono que abrazaba la hibridación fronteriza y formal como esencia de vida y arte. Era una pieza etnográfica que, con todo, se resistía a ser catalogada como simplemente eso. El resultado, honesto, era el propio de haber convivido con una familia de la raya durante largo tiempo. A ella volverá en 2025. ¿Pero qué sucede en este ínterin?
Castiñeiras asombró, como decimos, por su cuidada fotografía. Comenzaron a llamarlo de otras producciones para trabajar de camarógrafo, tanto en Portugal como en España, donde ha desarrollado una longeva relación con compañeros como Diana Toucedo o Ángel Santos. Durante largo tiempo recaló en Francia, ampliando sus estudios de cine en la prestigioso escuela Le Fresnoy. En el contexto de esta formación realiza varios cortos propios como Où est la jungle? (2015) o Trajectory Drift (2018), centradas en temas etnográficos o en el fenómeno de la migración masiva en Europa. Son filmes de clara experimentación formal y de sutiles retratos humanos. Acumula selecciones en festivales internacionales y algunos premios, mientras aumenta sus territorios como director de fotografía, colaborando en producciones de todo el continente europeo. Quizás sintiendo una cierta distancia con algunos de estos proyectos, Castiñeiras va poco a poco dejando la dirección y durante largo tiempo se concentra en el departamento de imagen, en el que evoluciona con una técnica cada vez más depurada. Cuando se le pregunta si trabaja en algo propio, no deja de citar con cierta timidez la convivencia con la familia que ya había visitado en A Raia. Pasan los años y...
2025. Deuses de Pedra, su primer largometraje, es seleccionado en el festival de Rotterdam. Las palabras de la crítica Rebecca de Pas para el catálogo, reproducidas en la ficha del filme en este ciclo, encapsulan perfectamente lo que es esta película.
Deuses de Pedra es, entre muchas otras cosas, el retrato de una identidad cultural que no entiende de estados ni divisas, el de un pueblo que lleva siendo el mismo desde hace al menos ocho siglos, sin que desvaríos políticos afecten su esencia. Sin embargo, es un estilo de vida que se pierde, inexorablemente, en muchos lugares periféricos de Europa. Cierra la escuela unitaria, la gente se marcha a trabajar al extranjero y ya no vuelve más que para las vacaciones, los empleos tradicionales desaparecen y la única industria que se presenta como posible entraña grandes riesgos medioambientales. Es una historia compartida en muchos de estos lugares remotos de nuestro continente, pero también una específica, que se traslada en el habla y en una tradición cultural, sobre todo cinematográfica, en la que Castiñeiras se inscribe conscientemente.
Es imposible no ver Deuses de Pedra sin convocar el cine de Margarida Cordeiro y António Reis, particularmente Trás-os-Montes (1976) en esas secuencias de vuelta al pasado, de película de época dentro de un documental etnográfico, que Castiñeiras se marca en ciertos pasajes, aludiendo al eterno retorno de las costumbres imperturbables del lugar, a las historias que esculpen mitos inscritos en piedra. Tiene así la cinta una vertiente fantástica e histórica, poética, que la aleja del simple registro de las circunstancias de esta familia a lo largo de 15 años.
Si Deuses de Pedra solo fuera eso, estaríamos hablando igualmente de una gran película, filmada con asombrosa consistencia a lo largo de década y media. El corazón emotivo del filme reside en Marina, esa chica que vemos crecer desde los cuatro años hasta que, con 17, debe tomar la decisión de permanecerse en el pueblo o emigrar, como tantos otros, en la búsqueda de un futuro mejor. Con espíritu similar al del Boyhood (2014) de Richard Linklater, Castiñeiras va hilando esta narrativa a lo largo de varias etapas en la vida de la chica que no siempre siguen una linealidad narrativa clara; traza una compleja trama de personajes que se cruzan con ella y modula varios géneros y estilos. Pero el director nunca pierde el curso principal: Marina y, con ella, su familia. Desde el descubrimiento del mundo en esa primera infancia hasta las convulsiones emocionales de la adolescencia, Marina es retratada con una cercanía que asombra y con un registro muy alejado de los estándares del cine directo, porque Deuses de Pedra es pura lírica, no se contenta con lo fáctico, sino que se compromete con una esencia más espiritual de las cosas y las personas. Un film esencial para la historiografía del cine gallego. Un punto y aparte en nuestra filmografía. Una obra maestra.
Deuses de Pedra
A Raia
Où est la jungle?
Trajectory Drift