Luz en lo oscuro: María Luisa Bemberg y Eva Landeck en compañía
Del 4 de marzo de 2026 al 5 de marzo de 2026
nosotros no teníamos ganas de morirnos solos
pero capital federal
nos rechazó de su sistema
nosotros no teníamos ganas
pero nos encerramos a vivir juntos
y a quemar sueños debajo del colchón
Martina Cruz, Parkour Emocional, 2023
Eva Landeck y María Luisa Bemberg dieron sus primeros pasos en el cine mirando dos décadas que parecen dos mundos aparte: los 60s y los 70s. A partir de sus primeros trabajos, este programa piensa una pequeña constelación con las películas tempranas de algunes cineastas, estudiantes de cine, que también miraron desde España y desde Argentina esas mismas décadas.
Bemberg y Landeck tienen algunas cosas en común: estuvieron casi prácticamente solas en el panorama del cine argentino de su época. Vlastah Lah había dirigido una película en 1960, Las furias, después de décadas de trabajo como asistente de dirección en los Estudios San Miguel. Ellas fueron las siguientes, Landeck 14 años después y Bemberg 21. Ambas se casaron jóvenes y tuvieron hijos. Landeck, de origen de clase media baja, dejó temprano los estudios para trabajar. No fue hasta que sus hijos crecieron que comenzó a estudiar fotografía y cine. Su hija, Irene Morack, protagonizó El empleo y su primer largometraje, Gente en Buenos Aires. Hizo dos películas más y dejó el cine. María Luisa Bemberg por su parte venía de una familia acomodada, se casó joven y tuvo cuatro hijos. De esto alguna vez dijo: “Hay que tener cuatro hijos para saber que no te alcanzan”. Ya tenía nietos cuando fundó junto con otras mujeres la Unión Feminista Argentina, espacio fundamental para el pensamiento detrás de Juguetes y El mundo de la mujer.
Eva Landeck encontró en sus cortos una forma de la tristeza de los jóvenes de los 60 en Argentina: la sensación de que el trabajo no vale (la movilidad social que sus padres habían tenido ya no era posible), de que la familia ya no era un deseo sino un destino inevitable, que el amor es una cosa porosa y escurridiza. La dificultad de armarse una vida propia en medio de la incertidumbre y el estancamiento está en el centro de estas películas, como en las de una gran parte de lo que se llamó la generación del 60 o el Nuevo Cine Argentino, pero en el caso de Landeck tiene un componente extraño. La tristeza es un peso que hunde, y en el fondo aparece la fantasía como algo casi fortuito, pero que desata mundos más ricos que este (peores o mejores no sé, pero más coloridos). Esa fantasía les da a las películas un ritmo extraño, casi elíptico, y un poco pesadillesco. Las películas de Landeck estarán acompañadas por La brujita, de Cecilia Bartolomé (hecho el mismo año que Entremés), realizado en segundo año de la Escuela Oficial de Cinematografía. La brujita comparte con las películas de Landeck un gusto por el borde de lo fantástico, y las maneras en que esto puede irrumpir en la vida monótona que una está obligada a vivir, en este caso la hija de un viudo que, como el villano soft de un cuento de hadas, la tiene recluida, temeroso de la vocación de bruja de su hija.
Los primeros cortos de María Luisa Bemberg son collages políticos que piensan en la situación de las mujeres en el mundo. Ambos encuentran su centro en eventos comunes en los años 70 en Argentina, comunes y a la vez completamente estrafalarios: exposiciones grandes de esas que solían hacerse en todo el mundo, una mezcla de convención de avances tecnológicos y adoctrinamiento comercial. En argentina estas exposiciones tenían (tienen) lugar en el gran predio de la Sociedad Rural Argentina, agrupación responsable de buena parte de nuestros problemas y que ocupa una porción enorme del centro de la capital. La primera, El mundo de la mujer, está filmada en la exposición Femimundo, un espacio dedicado a pensar en cosas de mujeres. ¿Qué son esas cosas? electrodomésticos, claro, y cosas para adelgazar, ropa, artilugios para el peinado y el maquillaje y, sobre todo, elementos ligados a la maternidad. Máquinas para hacer de las mujeres un poco más mujeres. Al uso del cine militante de fines de los 60 y principios de los 70, Bemberg recopila textos y comentarios de la exposición y de la historia, textos que dicen cosas terribles sobre las mujeres. Años después hace Juguetes, filmada también en la Sociedad Rural, pero esta vez con los niños como principales víctimas. A través de entrevistas a decenas de chicos, Bemberg piensa en cómo las niñas están condicionadas desde chiquitas a las tareas y las profesiones de cuidados. Explora con un montaje bastante explosivo los futuros que esta exposición imagina para los niños en tanto que adultos del futuro. Juguetes es un poco más luminosa que El mundo de la mujer, quizás porque las niñas todavía están a salvo de entrar en eso que Bemberg nunca quiso llamar “guerra de los sexos” porque “Es difícil hablar de guerra cuando la mujer duerme con el enemigo”.
A estos dos cortos los acompañan dos películas hechas en el mítico Instituto Cinematográfico de la Escuela Nacional del Litoral, comúnmente conocido como Escuela Documental de Santa Fe, ligada a Fernando Birri. Pero el instituto cinematográfico no hacía solo documentales, y la renovación total que produjo en el cine argentino en sus primeros años, entre 1956 y 1975, cuando fue cerrado por razones políticas, también alcanzó al cine de ficción. Esta faceta del instituto era casi completamente desconocida hasta hace unos años cuando Raúl Beceyro, mítico cineasta ligado al instituto desde esas épocas, le pidió a Fernando Martín Peña que comenzaran a trabajar sobre el archivo de cortos de estudiantes de la escuela, y comenzaron a rastrear películas. Allí aparecieron y siguen apareciendo cosas increíbles, muchas de ellas de cineastas que luego no siguieron trabajando, siendo como fueron parte de una generación trunca a manos del terrorismo de estado y el emprobrecimiento sistemática. Allí aparecen Florentina y El asesino, dos películas que piensan en la vida en un presente estancado, sin posibilidades, sin luces. Florentina, de Jorge Colombo, acompaña a una maestra rural, Florentina Munga, en su día a día como directora de escuela y va con ella a los rincones más oscuros de su consciencia, pero siempre con un dejo de duda: ¿es esto un retrato o una autoficción? Hay una tensión entre retratada y retrato, entre retratantes y retratada que hacen de la película un pequeño misterio. El asesino, de Celia Pagliero es una película de ciencia ficción basada, sobre todo, en las magias de la relación entre imagen y sonido: un hombre es asediado por tecnologías que él mismo ha comprado (que podría haber comprado en una exposición en la rural quizás titulada Hombremundo). Sus máquinas le dicen qué hacer, dónde ir, qué comprar y le preguntan todo el día cosas inservibles que podrían volver loco a cualquiera con un gramo de conciencia. Es el caso de este muchacho que termina perdiendo la cabeza y cometiendo crímenes que en este mundo comercial son imperdonables.
El último corto de este programa es Documental, de Josefina Molina, que retrata un espacio que dejó de existir al poco tiempo de rodada la película: Centro Penitenciario de Maternología y Puericultura de la Cárcel de Ventas en Madrid. Molina retrata con mucha cercanía este espacio donde conviven las mujeres que usualmente integraban la población de esta cárcel (y de cualquier otra, mujeres pobres y presas políticas) y sus hijos, muchos de ellos nacidos en este cautiverio. Aparecen también otros personajes de este espacio: guardias, enfermeras, docentes y oficiales de la iglesia. Las internas también tienen que trabajar para “redimirse”, haciendo labores de mujeres: coser, bordar, tejer. En este espacio de encierro tan extraño, Molina también encuentra momentos de muchísima belleza: los momentos de ocio de las internas, caminando al sol del brazo como si fueran simplemente mujeres que se encuentran en una plaza.
Este programa tiene un anhelo pequeño: poder especular qué hubiera pasado si las personas delante y detrás de estas películas se hubieran conocido, si se hubieran sentido parte de una generación transatlántica que estaba, cada una en lo suyo, pensando el mundo como un lugar parecido, al que le sobraban y le faltaban las mismas cosas.
Gracias a Sonia García Lopez por cuyo trabajo conocí las películas de las mujeres de la Escuela Oficial de Cine; al Museo de Cine de Buenos Aires Pablo Ducrós Hicken, a Filmoteca Buenos Aires, Fernando Martín peña, la UNL, Pablo Spatola, Agustina Tanoira y Filmoteca Española por las copias de estas películas que zafaron del olvido por muy poco
Programa de Lucía Salas.
Juguetes
El mundo de la mujer
Florentina
Documental
La brujita
El empleo
Horas Extra