
Ida
Ida
Agata Kulesza, Agata Trzebuchowska, Joanna Kulig, Dawid Ogrodnik, Jerzy Trela, Adam Szyszkowski, Artur Janusiak, Halina Skoczynska, Mariusz Jakus
- 82 minutos
Anna es una novicia en la Polonia de los años sesenta, presuntamente huérfana. Cuando descubre que tiene una tía viva, la madre superiora insiste en que vaya a visitarla antes de tomar los hábitos. Anna descubrirá así los secretos de su familia y lo que pasó con ella en los tiempos de la ocupación nazi.
-
Entrevista a Pawel Pawlikowski
Por Enric Albero (Caimán. Cuadernos de Cine)
-
La televisión polaca tacha a la película 'Ida' de “insulto al pueblo”
Artículo de El País sobre la lectura ideologizada del filme en la televisión pública polaca, controlada en el momento de la emisión de Ida por el partido Ley y Justicia
Trailer del filme
Versión original subtitulada
El pasado como herida
Luis Martínez (El Mundo)
Decía Schopenahuer que nadie nunca ha vivido en el pasado y nadie lo hará en el futuro. Y ante la cara de sorpresa del interlocutor, añadía: "Toda vida es únicamente en el presente". La reflexión del filósofo alemán y, sin que sirva de precedente, intentaba a duras penas ser optimista. La idea era reclamar para sí la única certeza posible: "El presente constituye el único patrimonio de la vida... Es el único consuelo de la fugacidad del individuo, mientras esté ahí la voluntad de vivir".
Pawel Pawlikowski no lo tiene tan claro. O sí, pero de otra manera. Más clara, por desengañada, aún. Ida es una película que habla del presente, como le gustaba a Schopenhauer, pero plenamente consciente de que no hay consuelo para un presente enfermo de su propio pasado. Del futuro ya ni hablamos.
De Pawlikowski, cineasta políglota y cosmopolita, habíamos conocido de todo. Desde la dureza lúcida de Last Resort (2000) a la confusión triste de La mujer del quinto (2011). La primera rodada en Inglaterra y la segunda en Francia. 'Ida' es su primer trabajo en su Polonia natal y, quizá por ello, por su salvaje sinceridad manchada de autobiografía, el mejor de todos ellos.
Soberbiamente fotografiada en un blanco y negro luminoso y crudo, cada instante se desvela tan conmovedor como cierto; tan salvaje como elegante. La cámara se limita a seguir pautada cada gesto, cada movimiento del alma. Y así hasta conseguir una fiel y perfecta descripción de la herida, la herida del pasado, de todos los pasados posibles.
En la Polonia de 1960, una novicia se prepara para ser monja. Antes de su irrevocable decisión, tendrá que arreglar cuentas con su familia: tan sólo una tía quizá lejana. Lo que sigue es una especie de 'road-movie' sin retorno por un territorio con tantos secretos como tumores. Parece que se habla de un país concreto castigado por las miserias de la dictadura y, en verdad, se habla de la vida, cualquiera de ellas. Y así, el viaje íntimo y muy personal de una simple monja adquiere el tacto y consistencia dura de la metáfora; metáfora del tiempo. No hay consuelo.
A la vez que la protagonista descubre el trágico destino de su familia, empezará a ser consciente de que la vida, lejos de la certeza inmóvil del convento, tiembla. Se enamorará, o algo parecido. Y mientras esto sucede, todo el horror del que es capaz el universo se le ofrecerá con las manos abiertas. Todo es demasiado absurdo, todo duele.
Si la actriz debutante Agata Trzebuchowska deslumbra en su sencillez entregada, la carga de la prueba corre a cargo de la veterana Agata Kulesza en la piel de una fiscal implacable por estalinista convertida por azares del tiempo, otra vez, en simple alcohólica. Quizá borracha. Y así hasta, lógicamente, el suicidio.
El resultado es una de esas maravillas que de vez en cuando y de puntillas alumbran la cartelera y se ofrece como lo que son: alternativas, formas diferentes de mirar el mundo. Vivimos en el presente, puesto que él es el único patrimonio, decía Schopenhauer. En realidad, el presente es una condena. No hay consuelo.