Los límites de mi cuerpo son el horizonte
Del 27 de noviembre de 2026 al 28 de noviembre de 2026
El paisaje nunca ha sido solo lo que vemos. Es una entidad compleja donde lo físico y lo cultural se entrelazan: una porción de mundo modelada por el tiempo, por la acción humana y por las formas en que una sociedad aprende a percibirlo. No es únicamente una vista panorámica, sino el resultado de una relación sostenida entre entorno, experiencia y cultura. En ese sentido, el paisaje no se da: se construye.
Durante siglos, la tradición pictórica occidental fijó esa construcción desde la distancia. El paisaje se organizó como imagen: un recorte del mundo dispuesto ante la mirada, donde la perspectiva, el horizonte y la composición establecían una separación entre quien observa y aquello observado. Ver implicaba situarse fuera. El territorio se volvía visible, legible, incluso apropiable.
Hoy esa distancia ya no se sostiene. Las transformaciones contemporáneas –ecológicas, políticas, tecnológicas– han desbordado esa forma de representación. El paisaje ya no puede pensarse como fondo ni como escenario estable, sino como un espacio atravesado por tensiones, memorias y procesos en curso. Mirarlo implica reconocer que estamos dentro de él, implicados en su construcción.
En este desplazamiento, el audiovisual ha sido decisivo porque ha permitido que el paisaje deje de entenderse como una forma fija y pase a experimentarse como duración, tránsito y espesor sensible. Frente a la fijación del cuadro, la imagen en movimiento introduce insistencia, deriva, espera. La cámara ya no solo encuadra: se desplaza, acompaña, se demora, sostiene el tiempo de aparición de las cosas. En ese gesto, el paisaje deja de comparecer como vista y comienza a construirse como experiencia. El travelling, en este contexto, se convierte en una forma de pensamiento. En el cine de Chantal Akerman, los recorridos prolongados sobre carreteras, ciudades o espacios de paso no describen el territorio: lo hacen emerger en la repetición, en la duración, en la imposibilidad de abarcarlo de una sola vez. Esa misma atención al tiempo encuentra otra densidad en la materia de las imágenes de Andrei Tarkovsky, donde el barro, la lluvia, el viento o el agua quieta no configuran un decorado, sino superficies donde el tiempo se deposita y permanece. El paisaje aparece así como un espacio vivido, atravesado por capas que continúan respirando en la imagen.
En ese mismo territorio de experiencia se inscribe la obra de Bill Viola. En The Passing, como ya sucedía en The Reflecting Pool, el cuerpo emerge en relación directa con los elementos –la luz, el agua, el color negro– que lo atraviesan y lo definen. La imagen no establece una separación clara entre interior y exterior; sitúa al cuerpo en un espacio donde el tiempo se percibe en su continuidad y en su transformación. El paisaje deja de funcionar como entorno para convertirse en la condición misma de ese tránsito, en el lugar donde la experiencia vital se inscribe y se prolonga más allá de su forma visible.
Desde aquí, la propia definición de paisaje se desplaza. Ya no es solo una porción visible del territorio, sino el resultado de la interacción entre lo natural, lo humano y lo cultural a lo largo del tiempo: un espacio donde se sedimentan acciones, memorias, conflictos y afectos. Esta inversión se vuelve especialmente elocuente en Nobody's Business de Alan Berliner, cuando un hombre, al tener que elegir entre retrato o paisaje, responde: «entonces hágame un paisaje de mí». El cuerpo deja de ser figura recortada sobre un fondo y comienza a pensarse como territorio, como superficie atravesada por la historia y la experiencia.
En esa misma dirección resuena la frase de Georgi Gospodinov: «Mi padre era jardinero. Ahora es jardín». La metáfora se vuelve precisa: la vida se deposita en la materia, la memoria se prolonga, el cuerpo se expande más allá de sí mismo. El paisaje deja de ser una imagen exterior para convertirse en una continuidad.
Desde esta lógica, la naturaleza tampoco puede sostenerse como exterioridad. Aparece como una práctica relacional: cultivar, recorrer, habitar, recordar. En esa práctica, como sugiere Derek Jarman, la experiencia se construye desde lo inmediato y lo frágil; y, en términos de Tim Ingold, como un entramado de líneas, recorridos y correspondencias donde habitar implica participar en un devenir compartido. El paisaje no es lo que está delante, sino lo que ocurre entre.
En el contexto español, la obra de Perejaume introduce un desplazamiento decisivo. Su trabajo replantea las condiciones mismas de la representación, haciendo que el paisaje se pliegue sobre su propia imagen y se piense a sí mismo como construcción cultural. Mirarlo implica interrogar la mirada, su inscripción y su posibilidad.
Entre estas prácticas –la pintura que fijó una distancia, la fotografía que tensó la inmediatez, el audiovisual que introduce duración y las formas de habitar que atraviesan el territorio– el paisaje deja de ser una categoría estable. Se convierte en un campo de relaciones.
Las obras reunidas en Los límites de mi cuerpo son el horizonte se sitúan precisamente en ese umbral. En ellas, el territorio aparece atravesado por procesos de transformación: ruralidades construidas, memorias que persisten, desplazamientos, intervenciones sobre la tierra, tecnologías que alteran la percepción. Los cuerpos, lejos de ser figuras aisladas, se presentan como superficies sensibles donde todo ello se inscribe: cuerpos que trabajan, que recuerdan, que se desvían, que heredan, que se transforman.
Lo que atraviesa el conjunto no es solo la relación entre cuerpo y paisaje, sino su indistinción. Los cuerpos son paisajes: contienen tiempo, memoria, afecto, historia. Los paisajes son cuerpos: se erosionan, se transforman, acumulan huellas, responden.
El audiovisual, en este contexto, activa ese vínculo. Cada imagen funciona como un gesto de aproximación, una forma de correspondencia con aquello que aparece y desaparece, que persiste o se transforma. No fija el mundo: lo pone en relación.
Quizá por eso, hoy, hablar de naturaleza no implica recuperar una imagen perdida, sino sostener una pregunta abierta: desde dónde miramos, qué construye esa mirada y qué formas de vida quedan implicadas en ella.
Por Isabel María.
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