Japanese Girls at the Harbor
Minato no Nihon musume / 港の日本娘
Michiko Oikawa, Yukiko Inoue, Ureo Egawa, Ranko Sawa, Yumeko Aizome, Tatsuo Saitō, Yasuo Nanjo
- 94 min.
Sunako y Dora, amigas de una escuela femenina en Yokohama, están enamoradas de Henry, un chico, que, como ellas, es mitad japonés. Dejando a Dora de lado, Henry empieza a prestarle más atención a Sunako, hasta que comienza a involucrarse con una pandilla de delincuentes y con una mujer llamada Sheridan Yoko. Aunque Shimizu se haría internacionalmente conocido por sus películas sobre niños con un toque documental, en la década de los 30 ayudó a formular el estilo moderno que tipificó las producciones que salían del estudio de Shochiku Kamata. Un buen ejemplo es esta singular película, en la que rueda un melodrama típicamente japonés con un estilo casi europeo, en la que utiliza un montaje audaz y muy rítmico para la época, planos largos con encuadres singulares y un diseño de escenografía moderno.
Foto ©1933 Shochiku Co., Ltd
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Hiroshi Shimizu – El arte de perderse
Japanese Girls at the Harbor
Versión lingüística:VOSGFormato:16mm.
- Ano:1933
- Países de producción: Japón
- Guión: Mitsu Suyama, Tôma Kitabayashi
- Fotografía: Tarō Sasaki
- Productora(s): Shochiku
Hiroshi Shimizu – Maestro silente del ethos japonés
William M. Drew (Midnight Eye)
Shimizu utiliza el lenguaje del cine mudo con elocuencia poética para plasmar en la pantalla representaciones memorables de la sociedad japonesa de su época. Al retratar con gran detalle las costumbres japonesas de principios de la década de 1930, las películas transmiten el conflicto entre el deseo de felicidad individual y las severas exigencias del sentido del deber hacia el orden social. Evocando vívidamente las desigualdades de clase y las hipocresías, éstas dramatizan igualmente el encuentro entre la civilización japonesa y la occidental. Hay algo conmovedor en el contraste entre el tradicional modo de vida agrario del antiguo Japón, con toda su serena belleza, y el emocionante y acelerado, pero en última instancia corrupto, mundo de la civilización urbana moderna. A sus representaciones realistas, Shimizu aportaba su ojo artístico para la composición, su amor por la experimentación en la técnica cinematográfica y su capacidad para sacar de sus actores, veteranos experimentados de la compañía Shochiku, interpretaciones conmovedoras y totalmente naturales. (...)
Fuera de la pantalla, Shimizu era conocido por ser un mujeriego y un playboy. (Uno de sus matrimonios fue con la gran actriz Kinuyo Tanaka, que protagonizó varias de las películas del director, entre ellas Ornamental Hairpin en 1941). Al mismo tiempo, el amor de Shimizu por los niños sacó a relucir su gran sentido de la responsabilidad social. Independiente y rico, con su propio dinero creó un hogar para huérfanos de guerra tras la Segunda Guerra Mundial. Estas dos facetas de su personalidad, la de playboy y la de humanista, se reflejan en los conflictos que se describen en algunas de sus películas. A pesar de su origen privilegiado, su instinto humanitario lo llevó a ponerse del lado del pueblo en su rebelión contra la plutocracia.
Hay similitudes y diferencias intrigantes en las carreras de Shimizu y Ozu. Personalmente, los dos artistas eran muy cercanos, con una amistad que duró toda la vida y que comenzó cuando Shimizu era asistente de dirección y Ozu asistente de cámara. Dos de las primeras películas de Ozu, Me gradué, pero... (1929) y Caminad con optimismo (1930), se basaron en historias escritas por Shimizu. Y ambos directores simpatizaban con la belleza de las tradiciones de su país. Pero mientras que a Ozu le gustaba crear un universo completo en los decorados de sus casas japonesas, prefiriendo perfeccionar un estilo minimalista en muchas de sus últimas películas, Shimizu, que disfrutaba especialmente llevando a su reparto y equipo a rodar en exteriores, siguió utilizando un enfoque más expansivo. Como señala Alan Stanbrook: « Nadie amaba más echarse al camino que Shimizu, y se regocijaba al dejar que la cámara recorriera perezosamente las carreteras secundarias del Japón de preguerra». Con su aversión por los guiones escritos y los rodajes en estudio, Shimizu, al igual que Ozu, sin duda se alegró de que el cine japonés tardara tanto en adoptar el sonido. Aunque dirigió con éxito una película sonora en 1933, rápidamente retomó su trabajo en el cine mudo, realizando su última película muda en 1935.
(...) [Seven Seas aborda] la ambivalente relación del Japón moderno con el mundo exterior, considerado tanto como destructor de su cultura como posible restaurador.
Shimizu desarrolla este tema más a fondo en su lírica película de 1933, Chicas japonesas en el puerto. Aquí, sitúa el encuentro entre Occidente y Japón en el centro de su narrativa y su imaginería. La mayor parte de la acción de la película tiene lugar en Yokohama, la gran ciudad portuaria japonesa donde se encuentran Oriente y Occidente. Desde las primeras tomas del puerto, donde se ve un barco con el nombre Canadian Pacific, el espectador se sumerge en esta yuxtaposición.
La historia trata sobre Sunako y Dora, dos alumnas de una escuela cristiana en el barrio de extranjeros de Yokohama, y su relación con un joven llamado Henry. Como indican los nombres Henry y Dora, al menos dos de los miembros de este triángulo amoroso son euroasiáticos, una identidad occidental que se ve reforzada por la escuela cristiana, que representa otro elemento extranjero en un país predominantemente budista y sintoísta. Al principio de la película, se ve a las chicas caminando juntas y prometiéndose amistad en un campo sombreado por árboles con vistas al puerto. Entonces aparece Henry montado en una motocicleta, un rápido medio de transporte moderno que simboliza la riqueza occidentalizada. Cuando Sunako le pide que la lleve a dar una vuelta, él accede y pronto los dos se vuelven inseparables. Mientras ella va detrás de él en la motocicleta por el campo bajo la brillante luz del sol, experimenta una sensación de libertad que contrasta con la oscuridad y la melancolía de la escuela de la iglesia donde vive y estudia. Más tarde, sin embargo, los dos se separan cuando Henry se une a una banda del hampa local. Él la abandona por Yoko Sheridan, una joven euroasiática (interpretada por Yukiko Inoue, que en la vida real era hija de un holandés y una japonesa). Alertada por Dora de que Henry ha ido a un salón de baile con Yoko, Sunako encuentra más tarde a la pareja en la iglesia y, en un ataque de celos, dispara un arma contra Yoko, hiriéndola. Tras cumplir una condena en prisión, Sunako viaja de una ciudad portuaria a otra, donde trabaja como prostituta para sobrevivir.
(...) A pesar de la incorporación de elementos occidentalizados en la película, esta sigue siendo profundamente japonesa en gran parte de su imaginería poética, así como en su esencia. El énfasis en la corrección social en una cultura de la «vergüenza» condena tanto a Sunako como a Yoko a una existencia marginada tras el tiroteo en la iglesia. Sin embargo, también existe la oportunidad de renovación y transformación. (...) La técnica y las imágenes de Shimizu en Chicas japonesas en el puerto son expresivas y experimentales, con toques poéticos a lo largo de toda la película, una nueva revelación de las cualidades únicas del cine mudo que para entonces se había convertido en una anacronía en Occidente.
Traducción propia del inglés.